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La crisis del boxeo amateur: cuando el ring se partió en dos
Por Memo Tellaeche– 3 de diciembre de 2025
El boxeo amateur atraviesa la crisis política más profunda de su historia contemporánea, una situación que no ha recibido la cobertura mediática que su gravedad exige.
Dos facciones claramente diferenciadas protagonizan este conflicto institucional.
Por una parte, se encuentra la IBA, presidida por el ruso Umar Kremlev. Su historial incluye una condena previa por extorsión, su cercanía al círculo del presidente Vladimir Putin y su control del monopolio de apuestas deportivas en Rusia. Kremlev profesa una animadversión declarada hacia Boris van der Vorst, el dirigente neerlandés que, tras ganar legítimamente las elecciones de 2022, fue despojado de la presidencia mediante argucias legales.
Recientemente, la IBA ha inaugurado en Dubái su propio Campeonato Mundial, dotado con 8 millones de dólares en premios monetarios directos (300.000 por medalla de oro, 200.000 por plata). Esta estrategia de financiación, calificada por algunos analistas como un populismo deportivo, carece de validez dentro del circuito olímpico. Su propósito, según críticos, es perpetuar la dependencia de federaciones nacionales con recursos limitados y de países donde el deporte permanece bajo control estatal.
En el lado opuesto se sitúa World Boxing, una organización creada como escisión por quienes denuncian la corrupción sistémica en el seno de la anterior federación. Presidida por el excampeón Gennady Golovkin, cuenta con el aval provisional del Comité Olímpico Internacional desde febrero de 2025 y se perfila como la entidad reconocida para los Juegos de Los Ángeles 2028.
Resulta particularmente significativo que Manny Pacquiao, en lugar de adherirse a esta nueva entidad, haya aceptado el cargo de vicepresidente de la IBA bajo el liderazgo de Kremlev. Este hecho sitúa simbólicamente a Pacquiao en una posición de confrontación directa con la figura de Golovkin, representante de la organización rival.
El conflicto trasciende lo meramente deportivo y refleja una división geopolítica: un bloque compuesto por Rusia, Cuba, Uzbekistán y gran parte de Asia, caracterizado por modelos de gestión centralizados, se enfrenta a otra coalición, integrada por Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Alemania y más de un centenar de países, que prioriza la legitimidad olímpica y la autonomía de las federaciones nacionales.
En el centro de esta disputa, Irlanda emerge como un caso paradigmático.
En abril de 2025, 116 de los 117 clubes afiliados a la Asociación Irlandesa de Boxeo Amateur aprobaron una reforma constitucional que eliminaba toda obligación contractual con la IBA e instituía un sistema de membresía dual. Un mes después, Irlanda se incorporó como miembro de pleno derecho a World Boxing.
Esto garantiza a sus púgiles la libertad de competir en cualquier escenario, elegir a sus entrenadores y desarrollar sus carreras sin restricciones coercitivas. Con un 45% de representación femenina en sus equipos nacionales, un programa que asegura entre 150 y 200 combates internacionales antes de los 25 años, y una estructura basada en clubes comunitarios, el modelo irlandés se presenta como un antídoto contra los sistemas de control federativo autoritarios.
Mientras la IBA promueve incentivos económicos inmediatos pero efímeros, Irlanda y World Boxing enfatizan un objetivo de valor perdurable: la posibilidad de competir y alcanzar el podio en los Juegos Olímpicos de 2028.
La disyuntiva es clara: 300.000 dólares en el presente o una medalla de oro olímpica que perdura en la memoria colectiva.
Los boxeadores, en última instancia, están tomando su decisión.
Y esta, señores, constituye la verdadera victoria definitiva.
Memoo Tellaeche
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